PERMEABILIDAD Y VALORES PAISAJÍSTICOS DE MONTERREY

OSWALDO ZURITA ZARAGOZA

 

La distancia y tiempo que separan el punto de origen y destino de nuestros trayectos diarios, así como los elementos presentes a lo largo de estos recorridos definen en gran parte nuestra experiencia viviendo la ciudad.

Hay un abismo entre las vivencias urbanas de quienes trabajan a 15 kilómetros de su vivienda y recorren hora y media de paisajes feos y tediosos, y aquellos que viajan 15 minutos a lo largo de tres kilómetros de paisajes vivos y placenteros. Y las experiencias urbanas pueden definir la personalidad colectiva de una ciudad.

La permeabilidad de la ciudad y los valores paisajísticos contenidos en ella son dos factores clave para reducir ese abismo, o incluso desaparecerlo.

Permeablidad

La permeabilidad urbana es la propiedad de transitar la ciudad a través de sus predios y manzanas, acortando distancias y abriendo opciones de movilidad al tiempo que se impulsan puntos de encuentro de personas. Existen diversas escalas de permeabilidad. Una podría ser un edificio que en su planta baja permite la circulación o permanencia de personas que no necesariamente tienen como destino dicho inmueble (ej: Palacio Municipal de Monterrey). Otra escala de permeabilidad es una traza urbana de cuadras cortas, en las que no se requiere rodear una distancia fuera del alcance peatonal (300m) para viajar transversalmente (ej. centros históricos de Monterrey, San Pedro, Guadalupe con cuadras de 100 metros de longitud). La gran escala de la permeabilidad está en el parque urbano: atajos peatonales y ciclistas -en ocasiones vehiculares también, que nos presentan remansos de paz en los que la convivencia sucede a un ritmo diferente que en las calles.

El destino o uso de los grandes predios de una ciudad (y su ubicación geográfica)  determina en gran medida la efectividad y potencial de su permeabilidad.

En el área metropolitana de Monterrey el predio más extenso es una planta industrial acerera de la empresa Ternium (antes Hylsa) que cuenta con poco más de 150 hectáreas. Si se suma a este predio la presencia de otros grandes lotes en un radio menor a 5km, tales como los de tres plantas de la misma empresa que acumulan más de 330 ha (Central Park en Nueva York posee 315 ha) y de la planta de Cemex (52 ha) y el antiguo predio de Cydsa (59 ha) ambos en Av. Ruiz Cortines, así como los patios ferrocarrileros de Kansas City Southern (90 ha), resulta un total de más de 5,300,000 m2. Siete predios impermeables en el centro geográfico de la urbe, todos menos uno con vocación industrial. Su presencia está vinculada al pasado -y evidente presente- industrial de Monterrey, el cual ha forjado la personalidad colectiva de sus habitantes y el perfil urbano, ahora incluso recuperado en un parque de arqueología industrial como Fundidora. Sin embargo, la ciudad pasa por un momento histórico de violencia, desigualdad e injusticia social, carencia de sistemas de transporte colectivo eficientes y altos niveles de contaminación ambiental (por ende, enfermedades respiratorias) que nos hacen preguntar: ¿es este el mejor uso de suelo presente -y sobre todo futuro, para estos predios?

Existen otros grandes lotes en la ciudad con grados diferentes -incluso opuestos, de permeabilidad. Las tres principales universidades de la ciudad poseen extensiones de terreno activas significativas. Contando solo sus campus universitarios mayores (Mederos, Ciencias de la Salud y Central) la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) posee aproximadamente 142 ha de terreno (lo mismo que el Parque Fundidora -incluido Paseo Santa Lucía). El campus central (86 ha) es un positivo ejemplo de permeabilidad y de vocación universitaria (universo y uno, juntos) pues sus circulaciones internas pueden ser atravesadas por cualquier ciudadano y el uso de sus áreas verdes y algunos de sus espacios exteriores se permite sin discriminación. Sus otros campus no encuentran esta conexión tan natural con su entorno y comunidad.

Las universidades privadas por otro lado, aún se debaten entre la impermeabilidad y la apertura. Actualmente las poco más de 50 hectáreas del Tecnológico de Monterrey se muestran con una permeabilidad controlada pero con claros planes de abrir sus venas a la comunidad, como se muestra ya en pequeños ejercicios como los parques de bolsillo y en otra escala más ambiciosa en el futuro Parque Central. La Universidad de Monterrey mantiene sus más de 45 hectáreas inaccesibles y reservadas exclusivamente para su comunidad. El caso de las universidades es muy relevante en el perfil y carácter de la ciudad que queremos en el futuro, pues como centros educativos, de conocimiento e innovación tienen el potencial para dictar los lineamientos de lo que como sociedad buscamos.

Los campos de golf, sitios de gran extensión y extrema impermeabilidad por su vocación privada y exclusiva, son casos muy singulares que merecen un estudio independiente. Con una extensión de aproximadamente 120 hectáreas, el club de golf Campestre es más extenso que el Parque Fundidora si no se cuenta el área del Paseo Santa Lucía. El muro de 2.5 km de largo que impide atravesarlo también se convierte en una barrera visual que imposibilita disfrutar el valor paisajístico que contiene. Esta situación de invisibilidad hacia el interior, contraria al caso de los lotes industriales mencionados anteriormente que de alguna forma son claros en su vocación (es evidente la presencia de una fábrica al pasar al lado de ella), genera un rompimiento del predio con su entorno: ¿cuántas personas habrán circulado al lado de la barda del club Campestre por años sin siquiera imaginar el verdor y belleza de su interior?

Valores Paisajísticos

La posibilidad de interconectar la ciudad a través de la permeabilidad de su estructura debe estar acompañada de valores paisajísticos que definan el carácter urbano y provean de incentivos sensoriales a sus habitantes, para poder decidir qué sendero utilizar entre las opciones que ofrece una urbe porosa y definir las experiencias o vivencias que modelan la personalidad colectiva.

Monterrey posee valores paisajísticos intrínsecos en sus cerros, formaciones únicas y caprichosas que definen la ciudad, pero también requiere de otra escala de elementos del paisaje de más cercanía y usabilidad para los habitantes. Los parques urbanos son esa otra escala que sirve para el uso diario. En los parques (los vecinales, los de bolsillo o los metropolitanos) está la oportunidad de cortar camino pero también de encontrarse y permanecer en el espacio compartido de la ciudad. Junto con las plazas, son los únicos espacios públicos al aire libre que no solo están diseñados como venas o arterias de circulación sino como núcleos de estancia. Los parques integrados a la traza urbana proveen servicios ecosistémicos y sociales que requieren ser medidos con mayor rigor en nuestras ciudades para determinar su valor y potencializar su crecimiento en número y calidad.

En Monterrey el parque más extenso es Chipinque con 300 hectáreas abiertas al público, no obstante, su ubicación geográfica y topografía generan ciertas limitaciones para su uso, y al estar en un extremo de la ciudad no se puede considerar como un predio de interconexión. El Parque Fundidora, con 142 hectáreas, es el predio urbano con vocación paisajística más extenso (aunque casi una cuarta parte del mismo -22% aproximadamente, es ocupado por edificios comerciales y estacionamientos) y su ubicación céntrica genera mayor valor al área metropolitana, pese a que no ha logrado impulsar exitosamente una regeneración urbana de su entorno como otros parques lo han hecho en diversas partes de México y el mundo (ej. Chapultepec, Central y Prospect park ambos en Nueva York o Hyde Park en Londres). La lista de parques urbanos más amplios la completan Niños Héroes (29 ha), La Silla (24 ha) y La Pastora (18 ha), a partir del cual siguen parques menores a 10 hectáreas como Tucán, Aztlán, Tamayo y España. Estos parques conforman nuestro patrimonio paisajístico urbano y concentran la mayor riqueza arbórea de la ciudad (sin considerar montañas y ríos que si bien poseen un valor ecológico amplio y muy relevante, no cuentan con infraestructura mínima para ser accesibles a toda la población).

Monterrey y su área metropolitana definieron su carácter urbano durante el siglo XX debido a la profunda huella de lo industrial, tanto en lo físico como en lo social. Sin embargo, en el siglo XXI por iniciar su tercera década, en el que nuestra economía está más diversificada, la ciudad ha llegado a un tamaño impensable hace cuatro décadas y los retos medioambientales y sociales demandan nuevas estrategias urbanas, es fundamental identificar las oportunidades que tenemos -o que hay que buscar, para diseñar la ciudad que nos permita trascender como sociedad.

 

 

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